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****La Derrota de la Teología Secular Estadounidense: Más Allá de Trump****

 

Publicada: lunes, 25 de mayo de 2026 1:32

La agresión militar de EE.UU. e Israel contra Irán será recordada como la derrota de Trump tras 40 días de bombardeos sin lograr sus objetivos.

Por: Xavier Villar

Esta guerra será recordada por la derrota del presidente de EE.UU., Donald Trump. La afirmación parece incuestionable tras cuarenta días de bombardeos continuos que no lograron ninguno de sus objetivos declarados. Ninguna infraestructura nuclear desmantelada, ningún “régimen” tambaleándose al borde del colapso, ninguna aceptación iraní de términos dictados desde Washington. Pero detenerse en ese punto, atribuir el fracaso a un presidente sin conocimiento político e incapaz de rodearse de consejeros dispuestos a contradecir sus fantasías de poder, supone obscurecer las cuestiones verdaderamente profundas de lo que ha sido derrotado.

Panjak Mishra señaló recientemente que responsabilizar exclusivamente a Trump opera como mecanismo mediante el cual los antagonistas políticos domésticos estadounidenses evitan confrontar algo más incómodo: que su propio análisis de Irán, sus premisas respecto a qué puede y debe hacerse en la región, permanecen notablemente alineados con la administración Trump. Las diferencias son tonales, procedimentales, estéticas. La gramática subyacente de inteligibilidad que organiza cómo Irán debe ser pensado, controlado o destruido, permanece compartida. 

El antropólogo Talal Asad formuló esto con precisión: mientras Occidente presenta múltiples rostros en su interior presenta una sola cara hacia el exterior. Esa cara opera mediante una unidad discursiva que atraviesa las divisiones domésticas estadounidenses. Thomas Friedman, periodista estadounidense y premio Pulitzer, capturó esa unidad con una franqueza que roza lo confesional: “Espero que todo el mundo se convierta en estadounidense”. La frase no constituye nostalgia romántica por influencia cultural. Manifiesta la estructura teológica que organiza la autopercepción política estadounidense. Revela la idea de que existe una forma de ser político, una modalidad singular de modernidad, que constituye el fin inevitable de la historia, y que todas las alternativas a esa forma están condenadas a desaparecer bajo el peso de la razón histórica. Lo que ha sido derrotado en Irán es exactamente esa supremacía teleológica. La capacidad de Occidente para imponer una narrativa sobre qué constituye lo normal y qué constituye su desviación patológica. 

Trump es la encarnación más visible, más descarnada, de este discurso en crisis permanente. Desde 1979, cuando Irán se rehusó a ser espejo dócil de la modernidad occidental, ese discurso ha sido cuestionado de manera acumulativa. Cada confrontación genera respuestas cada vez más revanchistas, cada vez más desinhibidas, síntoma de un poder que siente erosionada su capacidad para estructurar la realidad política según sus propias premisas. Trump simplemente abandona las convenciones lingüísticas que ocultaban ese revanchismo. Donde la diplomacia profesional hablaba de “disuasión creíble” y “arquitectura regional estable”, Trump enuncia directamente: destrucción total, dominación sin resistencia, venganza contra quien se atreva a cuestionar el orden. Pero esta desnudez no distingue su proyecto de los que lo precedieron. Sitúa sobre la mesa algo que la decencia retórica había mantenido invisible. Expone que el proyecto imperial es discursivo y, por lo tanto, estructural. 

El análisis que reduce el fracaso exclusivamente a Trump comete un error similar al que cometen quienes responsabilizan al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, de la ocupación de Palestina o del genocidio en Gaza. Opera en nivel óntico, en el nivel de las decisiones políticas específicas, las figuras individuales, las administraciones particulares. En ese nivel es seductoramente fácil imaginar soluciones: reemplazar el líder problemático, cambiar la política, elegir administración distinta, mantener intactas las estructuras de base. Pero lo que organiza estas decisiones, lo que las hace inteligibles y aceptables para amplios sectores de la política estadounidense (demócratas y republicanos, liberales y conservadores, establishment y populismo), es una formación discursiva que Wittgenstein describía mediante la noción de “semejanza de familia”. Las diferencias ónticas entre demócratas y republicanos trumpistas son precisamente eso: diferencias que comparecen dentro de un horizonte de sentido compartido. Comparecen al interior de un mismo mundo de significados posibles. 

En ese horizonte compartido, Irán funciona sistemáticamente como objeto a ser gestionado, contenido, sancionado o destruido. Los medios varían según circunstancia y audiencia. Un bombardeo en el corazón de Teherán representa una modalidad. Un programa de sanciones económicas que genera hambre y privación constituye otra. Las declaraciones de Hillary Clinton en 2008, asegurando que de ser elegida presidenta “destruiría Irán por completo”, representan una tercera. Pero estas modalidades ónticas operan dentro de una estructura discursiva única. Lo que cambia son las tácticas, no la gramática fundamental que organiza cómo Irán es pensable en la imaginación política estadounidense. Esa gramática reposa sobre un rechazo profundo, casi patológico, a toda forma alternativa de organizar lo político. Lo que la atraviesa es la autopercepción estadounidense de poseer autoridad moral global para nombrar qué constituye la norma de lo político y qué constituye su desviación irracional. 

Aquí la reflexión del teólogo Gil Anidjar se vuelve pertinente. Anijdar demostró cómo la modernidad secularizada reproduce, en formas sutilmente transformadas, la estructura teológica que pretendía haber superado en la Ilustración. El estado moderno, en este caso el estado estadounidense, funciona como dios secularizado. Posee el atributo clásico de la divinidad: la capacidad de ver sin ser visto, de actuar sobre otros pueblos sin someterse a responsabilidad ante ellos, de ejercer su voluntad soberana como si fuera performatividad divina más allá de todo cuestionamiento o desafío. Esta estructura teológica es fundamental para comprender las políticas de Washington.

Lo que ha sido derrotado en Irán es esa estructura teológico-política. La ilusión que se repite incansablemente en los análisis estadounidenses: que existe una sola forma racional de estar en lo moderno, una sola manera de organizar lo político que merece llamarse así, y que todas las formas alternativas desaparecerán inevitablemente bajo el peso de la historia global. La guerra reveló que Irán no desaparece. Pero más importante aún, reveló que esa resistencia descansa en bases epistémicas más firmes que lo que el análisis occidental permitía reconocer. Irán operaba con una comprensión de sí mismo, con categorías de inteligibilidad propias, que las herramientas conceptuales occidentales sencillamente no capturaban. 

La inversión de la mirada que Irán ha logrado constituye el acto verdaderamente político de esta guerra. Aquellas figuras destinadas al sacrificio en el imaginario occidental, cuya subordinación parecía inscrita en el orden inevitable de las cosas, devolvieron la mirada. Y al hacerlo despojaron de carácter divino la perspectiva que pretendía transformar el mundo sin verse alterada por ello. Lo que se produjo fue desnaturalización. Los supuestos que hacían de la voluntad estadounidense una suerte de sentido común, de hecho, consumado, perdieron su apariencia de obviedad. En esa ruptura reside la descolonización política auténtica: la recuperación de la capacidad de nombrar, de fijar los términos mediante los cuales la realidad política deviene inteligible. 

Los analistas estadounidenses seguirán años interpretando esta derrota como fracaso de ejecución, como error táctico reparable. Lo que evitarán es reconocer su inscripción en las estructuras discursivas que atraviesan la política estadounidense sin importar quién ocupe la presidencia. El desmantelamiento que se requiere va más allá de Trump. Apunta a la formación discursiva misma que permite pensar que “ir más lejos” contra Irán constituiría alguna solución. Esta guerra ha hecho necesaria la refundación del lenguaje mediante el cual Occidente se narra a sí mismo frente a su Otro. Irán ha recuperado la capacidad de nombrar. Esa es la verdadera derrota de Estados Unidos. 


Fuente:https://www.hispantv.com/noticias/opinion/644358/derrota-teologia-secular-estadounidense-mas-alla-trump