7 de febrero de 2026 - 20:17
Por Xavier Villar

MADRID – Los fantasmas son aterradores no sólo porque son poderosos, sino porque perduran. Se inquietan precisamente porque rechazan la resolución. Un fantasma se define por la contradicción, una presencia que significa una ausencia, algo que ya no debería estar allí pero que persiste de todos modos.
En el imaginario político occidental, la República Islámica del Irán ha ocupado durante mucho tiempo este registro espectral. Se le trata como un remanente de un pasado que debería haber expirado, una forma política definida menos por lo que es que por lo que se presume que le falta: liberalismo, modernidad secular, cumplimiento estratégico. Su supervivencia, desafiando décadas de pronósticos confiados que predicen un colapso, es lo que lo hace tan inquietante.
Por lo tanto, dialogar con Irán es dialogar con una ontología particular, que oscila incómodamente entre el reconocimiento y la negación. En Washington y en gran parte de Europa, Irán ha quedado conceptualmente relegado a la historia. Los significantes familiares están bien ensayados: gobierno clerical, guardias revolucionarios, lemas antiamericanos. El lenguaje visual es igualmente fijo, desde murales de mártires hasta misiles balísticos y velo. Estos elementos rara vez se tratan como componentes de un sistema político vivo que se adapta, recalibra y aprende. En cambio, se conservan como reliquias, artefactos de un museo ideológico dedicado a formas políticas consideradas arcaicas, premodernas y, en última instancia, insostenibles.
Este marco espectral cumple una función psicológica importante. Al clasificar a Irán como un fantasma de una era superada, los actores occidentales se aseguran de que su influencia es temporal y su resistencia inútil. Después de todo, un fantasma no puede dar forma al futuro. Sólo puede permanecer hasta que se desvanezca. El problema para ellos, sin embargo, es que Irán no ha mostrado ninguna inclinación a desvanecerse. Por el contrario, continúa actuando, negociando, disuadiendo y perdurando. Su persistencia expone la fragilidad de la narrativa que buscaba relegarla al pasado.
Las conversaciones que se están desarrollando actualmente en Mascate abordan directamente esta contradicción. Los informes iniciales, en particular de los medios iraníes, sugieren que las negociaciones continúan y podrían continuar así durante algún tiempo. Esta modesta afirmación de que las conversaciones continúan es, de hecho, la fuente del malestar. Un fantasma que simplemente aparece puede descartarse como ilusión o nostalgia. Un fantasma que negocia, que demuestra paciencia estratégica, memoria institucional y un cálculo disciplinado de intereses, altera toda la lógica del despido espectral. Obliga a tener en cuenta la posibilidad de que lo que se declaró obsoleto sea en realidad estructuralmente resistente.
Para Washington, esto representa un profundo desafío conceptual. Durante décadas, la política estadounidense ha oscilado entre la coerción y el compromiso condicional, todo ello respaldado por el supuesto de que la República Islámica es una aberración temporal. Las sanciones, el aislamiento y la presión no eran simplemente herramientas para cambiar el comportamiento, sino instrumentos diseñados para acelerar un fin esperado. La negociación, cuando ocurre, a menudo se enmarca como un puente hacia la normalización, un camino a través del cual Irán podría ser persuadido a regresar al ámbito de la condición de Estado “aceptable”, es decir, la alineación con las normas del orden internacional liberal.
Este enfoque malinterpreta la naturaleza del sistema político iraní. El sistema de Irán no se define por una ausencia de modernidad, sino por una síntesis distinta y cuidadosamente defendida de soberanía, autoridad religiosa y legitimidad revolucionaria. Es un Estado que rechaza ciertas premisas del gobierno liberal moderno, no porque sea incapaz de adoptarlas, sino porque hacerlo socavaría los fundamentos ideológicos sobre los que descansa su autoridad. La expectativa de que la negociación culmine en la transformación de Irán y no en un acuerdo garantiza una decepción perpetua.
Desde la perspectiva de Teherán, las negociaciones no son evidencia de debilidad o declive espectral. Son confirmación de presencia. El lenguaje inquietante impuesto desde fuera a veces se acepta, a veces se ignora, pero rara vez se internaliza. Ser etiquetado como una anomalía es, en cierto sentido, haber logrado resistirse a la asimilación. Occidente condena el programa de misiles de Irán, sus alianzas regionales y sus capacidades nucleares como residuos desestabilizadores de una visión del mundo obsoleta. Dentro de la cultura estratégica de Irán, se entienden como las condiciones materiales de supervivencia en un entorno hostil. No son símbolos de ausencia, sino de sustancia.
Por lo tanto, venir a Mascate no significa buscar la absolución o la reintegración a un sistema diseñado en otro lugar. Se trata de afirmar que hay que tratar a Irán tal como es, no como otros desean que sea. La negociación es menos una admisión de vulnerabilidad que una demanda de reconocimiento. Reconocimiento no en un sentido moral, sino estratégico. Reconocimiento de que las preocupaciones de seguridad, la lógica de disuasión y el papel regional de Irán no pueden eliminarse mediante llamamientos a un futuro posrevolucionario imaginado.
Por tanto, la continuación de las conversaciones representa más que un proceso diplomático. Es una colisión lenta entre dos narrativas incompatibles. Por un lado, un relato espectral que insiste en que Irán es un anacronismo en espera de resolución. Por otro lado, un Estado que continúa operando con coherencia, adaptabilidad y un claro sentido de sus líneas rojas. Cada ronda de negociación erosiona la plausibilidad de la primera narrativa. Cada discusión técnica, cada compromiso procesal, subraya la realidad de que Irán no está negociando desde los márgenes de la historia, sino desde dentro de ella.
Esto no significa que sea probable que las conversaciones tengan éxito en el corto plazo. Las brechas siguen siendo amplias. La confianza es mínima. Sin embargo, la importancia del proceso reside menos en sus resultados inmediatos que en lo que revela su persistencia. Occidente se ve obligado gradualmente a afrontar una realidad a la que se ha resistido durante mucho tiempo. La República Islámica no es una perturbación temporal en el sistema internacional. Es un actor político duradero con su propia lógica interna y horizonte estratégico.
La verdadera incomodidad del fantasma, al final, no reside en su alteridad sino en sus exigencias. El fantasma no existe para aterrorizar. Existe para insistir. Quiere reconocimiento, restitución y un lugar en la historia que lo excluyó. El compromiso sostenido de Irán en lugares como Omán expresa una insistencia similar. No pide aprobación, sino reconocimiento de los hechos. Que existe. Que perdure. Que seguirá dando forma al entorno que lo rodea.
Aún no está claro si estos canales eventualmente producirán un gran avance. Lo que está más claro es que lo inquietante no terminará con la negación. Los espectros no pueden ser eliminados, sancionados hasta la irrelevancia o enterrados retóricamente. Hay que afrontarlo como una característica permanente del panorama geopolítico. Las negociaciones continúan no porque el fantasma esté desapareciendo, sino porque quienes una vez negaron su existencia están aprendiendo a hablar con él. La coexistencia, más que el exorcismo, puede ser el único camino a seguir.
Fuente:https://www.tehrantimes.com/news/523565/Why-Iran-still-haunts-Western-strategy