Por Afshin Majlesi, Maedeh Zaman Fashami y Xavier Villar
6 de abril de 2026 - 23:19
Errores de cálculo que hacen imposible ganar la guerra con Irán
TEHERÁN - Más de un mes después del inicio de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, las expectativas iniciales de una rápida victoria militar se han desvanecido, exponiendo lo que los analistas describen como una serie de errores de cálculo sobre la probable respuesta de Irán.
Lo que inicialmente se enmarcó como una campaña corta y decisiva se ha convertido en un conflicto prolongado marcado por continuos intercambios de incendios, daños a la infraestructura y crecientes tensiones regionales.
Al principio, los planificadores estadounidenses e israelíes parecieron asumir que el asesinato del líder iraní desencadenaría una fragmentación interna y debilitaría el sistema político.
Otra suposición fue que la resistencia militar de Irán tendría una duración limitada. A pesar de las pérdidas reportadas y la presión sostenida, Irán ha seguido organizando respuestas militares, lo que indica tanto capacidad operativa como voluntad de sostener un conflicto más largo. No ha habido ninguna indicación clara de una rendición inminente.
Las expectativas de malestar interno tampoco se han materializado. En lugar de provocar protestas, el conflicto ha contribuido, según la mayoría de los informes, a cierto grado de unidad interna, y el sentimiento público ha sido moldeado por la percepción de una amenaza externa.
En el campo de batalla también se han puesto a prueba las suposiciones sobre la superioridad aérea. Si bien las fuerzas estadounidenses e israelíes mantienen capacidades aéreas avanzadas, los sistemas de defensa aérea de Irán han complicado los esfuerzos para establecer un control total sobre su espacio aéreo, según analistas militares.
Otras proyecciones también se han visto sometidas a tensiones. Las expectativas iniciales de que el Estrecho de Ormuz no se vería afectado o de que se podrían contener consecuencias económicas más amplias se han visto desafiadas por la volatilidad del mercado y las crecientes preocupaciones sobre la seguridad energética.
En conjunto, estos acontecimientos apuntan a una brecha cada vez mayor entre las expectativas iniciales y la evolución de las realidades sobre el terreno. Los analistas dicen que el conflicto ahora refleja una trayectoria más compleja e incierta, sin un camino claro hacia una resolución a corto plazo.
A continuación se analizan más de cerca diez factores que contribuyen a este error de cálculo:
1. El asesinato de un líder provoca el colapso del sistema
La propuesta de que asesinar al líder iraní, el ayatolá Seyyed Ali Khameni, desencadenaría un colapso sistémico representa menos una hipótesis estratégica que un error de categoría. Los planificadores occidentales persisten en proyectar sus propias fragilidades institucionales en estructuras que no se han preocupado por comprender.
Israel y Estados Unidos siguen encerrados en un repertorio de violencia —asesinato, desgaste, invasión— que delata no fuerza sino agotamiento imaginativo. La admisión inadvertida de Trump de que Estados Unidos bombardea Irán "por costumbre" diagnosticó la patología: un reflejo disfrazado de doctrina.
La llamada lógica “decapitación” supone que la eliminación del liderazgo produce parálisis organizacional. Esto se aplica cuando el poder se concentra en individuos irremplazables. El sistema de Irán distribuye la autoridad entre el Consejo de Guardianes, la Asamblea de Expertos, las unidades militares y las jerarquías clericales integradas en el gobierno provincial. El Líder arbitra este ecosistema; él no lo constituye. La Asamblea existe precisamente para gestionar la sucesión sin ruptura existencial. Ochenta y ocho juristas no representan una ceremonia sino una capacidad de amortiguación institucional.
El pensamiento estratégico occidental confunde la muerte política con el fracaso del gobierno porque sus propios sistemas operan a través de jerarquías dependientes de la personalidad. La arquitectura de Irán fusiona la legitimación teológica con la gobernanza de comités —una estructura diseñada para absorber shocks que fracturarían las autocracias personalizadas. Los protocolos de sucesión perfeccionados a lo largo de cuatro décadas no se evaporan cuando se activan.
Fundamentalmente, el asesinato dentro de marcos racionales de valores no sólo elimina a los individuos. Genera capital de martirio que el sistema metaboliza en cohesión. Cada asesinato en Beirut, Gaza y Teherán lo ha validado: la agresión militar no puede sustituir la comprensión de la mecánica real de resiliencia del oponente.
El manual de decapitación supone que todos los actores comparten los cálculos occidentales de costo-beneficio en torno a la autoconservación. Fracasa cuando se enfrenta a estructuras donde el sacrificio tiene peso estratégico, donde las instituciones trascienden a los individuos, donde el acto mismo de eliminación se convierte en combustible sistémico. Repetir la misma violencia esperando resultados diferentes no es una estrategia. Es un ritual.
2. Irán se rendirá tras una breve resistencia
La predicción de que una presión militar suficiente produciría una rápida capitulación iraní ha sido puesta a prueba a lo largo de seis semanas de conflicto sostenido. Teherán absorbió los ataques, mantuvo la continuidad del mando y preservó la cohesión estatal sin ofrecer la rendición política que los estrategas occidentales proyectaban como inevitable. Este resultado refleja un diseño institucional deliberado, no una resiliencia circunstancial.
El aparato estatal de Irán fue diseñado para soportar precisamente la coerción que ahora se aplica contra él. Infraestructura de misiles distribuida, nodos de comando redundantes, mecanismos ideológicos que convierten la amenaza externa en legitimidad— representan cuatro décadas de adaptación a sanciones, sabotajes y campañas de asesinato. El sistema está optimizado para sobrevivir bajo presión en lugar de funcionar en condiciones normales.
La dimensión política del conflicto ha seguido trayectorias que los modelos occidentales no lograron anticipar. La coerción externa rara vez produce los realineamientos internos que los atacantes proyectan sobre las poblaciones objetivo. Un precedente histórico en toda la región —desde Líbano hasta Irak— sugiere que las campañas de bombardeos consolidan la autoridad estatal en lugar de fracturarla, particularmente cuando el estado objetivo posee estructuras de gobernanza funcionales y capacidad de movilización. Teherán demostró ambas cosas durante toda la escalada.
Seis semanas después, el conflicto se ha asentado precisamente en la prolongada rutina que la estructura de Irán fue construida para sostener. Estados Unidos e Israel mantienen un dominio cinético sin lograr objetivos políticos. Teherán mantiene un apalancamiento asimétrico —puntos de estrangulamiento geográfico, alianzas, umbrales de escalada que los adversarios no pueden controlar completamente— sin asegurar alivio de la presión.
Los sistemas construidos para sobrevivir a la coerción no se rinden según lo previsto. La planificación estratégica que ignora la mecánica institucional real de un oponente produce estancamientos costosos, no victorias limpias. Seis semanas han demostrado qué suposición resultó correcta.
3. Levantamiento público para derrocar al "régimen"
La suposición de que los ataques militares catalizarían la insurrección popular contra el gobierno de Irán no se ha confirmado. Los bombardeos no se tradujeron en levantamientos internos alineados con objetivos estratégicos externos. Más bien, coincidió con una consolidación que trasciende las diferencias políticas y refleja algo más estructural.
La oposición a políticas específicas y el respaldo a ataques extranjeros a la infraestructura nacional son posiciones políticas distintas. Estas posiciones no se han derrumbado unas sobre otras. La distinción entre desacuerdo político interno y campañas externas dirigidas a la capacidad del Estado sigue vigente. La expectativa de que los ataques israelíes puedan reorganizar el panorama político de Irán se basa en una lectura errónea de cómo funcionan estas fronteras.
La coerción externa no produce cambios políticos de manera directa o predecible. La destrucción de infraestructura altera las condiciones en las que se desarrolla la vida política, pero no genera alineación con quienes producen esa destrucción. La autonomía política no surge de la fuerza externa; depende de la continuidad de los marcos territoriales e institucionales que tales campañas ponen bajo presión.
El razonamiento estratégico occidental a menudo ha tratado la vulnerabilidad del Estado como un indicador de disponibilidad política. Esta suposición tiene un respaldo empírico limitado. En contextos donde la infraestructura ha sido sistemáticamente atacada, las poblaciones han tendido a atribuir la disrupción externamente en lugar de reasignar la responsabilidad hacia adentro.
La movilización pública ha tenido lugar durante el conflicto actual, pero no en la dirección que Occidente anticipó. Las manifestaciones no se han concentrado en torno a demandas de derrocar al gobierno, sino en torno al rechazo de la intervención externa como fuerza determinante en el futuro político de Irán.
La expectativa de que los bombardeos producirían resultados políticos alineados internamente no se ha materializado. La respuesta, en cambio, ha seguido una trayectoria diferente, determinada por la distinción entre coerción externa y las condiciones bajo las cuales se sostiene la vida política.
4. El espacio aéreo de Irán se aseguró rápidamente
La guerra en curso en Asia occidental ha comenzado a desestabilizar suposiciones arraigadas desde hace tiempo entre los analistas militares sobre la durabilidad del dominio tecnológico y aéreo de Estados Unidos, lo que ha provocado una reevaluación gradual en lugar de una reversión repentina. Durante décadas, los aviones de combate estadounidenses fueron descritos en términos casi abstractos—plataformas de sigilo, velocidad y precisión capaces de eludir tanto la geografía como las limitaciones políticas. Al comienzo de los ataques entre Estados Unidos e Israel, y en el shock inmediato tras el martirio del ayatolá Seyyed Ali Jamenei, ese marco pareció reforzarse momentáneamente. Sin embargo, a medida que se ha desarrollado el conflicto, el entorno operativo se ha vuelto menos legible a través de esa lente.
En toda la campaña, los sistemas aéreos estadounidenses —tanto plataformas tripuladas como drones no tripulados— han experimentado un desgaste sostenido en múltiples zonas operativas. Tomados individualmente, estos incidentes no alteran la capacidad agregada. En conjunto, complican la suposición de que el espacio aéreo iraní puede atravesarse sin un costo operativo persistente.
La postura de defensa aérea de Irán no está organizada en torno a un sistema único sino a una arquitectura ensamblada de negación. Los interceptores de corto alcance en capas, el seguimiento infrarrojo pasivo y los nodos de detección distribuidos producen un campo en el que la certeza se reduce progresivamente en lugar de garantizarse estructuralmente. El objetivo es menos la interceptación como evento que la compresión sostenida de la previsibilidad operativa.
Dentro de esta configuración, incluso los enfrentamientos intermitentes tienen peso acumulativo. Alteran los perfiles de vuelo, amplían las distancias de enfrentamiento y aumentan la dependencia de la guerra electrónica y los ciclos de supresión. El efecto no es episódico sino acumulativo y remodela la gramática del movimiento aéreo con el tiempo.
Lo que surge no es una simple disputa sobre el dominio aéreo, sino una redefinición de las condiciones bajo las cuales puede ejercerse. El teatro iraní ya no da cabida a los supuestos que una vez sustentaron la planificación aérea occidental. El movimiento sigue siendo posible, pero ya no es separable de las restricciones.
5. No hay señales de una respuesta militar limitada
La respuesta militar de Irán ha divergido de las expectativas iniciales de que seguiría siendo limitada y defectuosa, según analistas militares.
Una característica definitoria de la postura de múltiples capas de Teherán ha sido el uso continuo de misiles y drones durante más de un mes, alcanzando objetivos en todo Israel, así como bases, activos y proyectos estadounidenses en países anfitriones de toda la región.
A pesar del despliegue de múltiples sistemas avanzados de defensa aérea, los analistas dicen que no todos los proyectiles entrantes han sido interceptados, lo que ha permitido que un número considerable de ellos penetren y alcancen sus objetivos.
Irán también ha mostrado su voluntad de llevar a cabo ataques de represalia contra intereses adversarios en la región, en línea con lo que los funcionarios describen como una política de respuesta recíproca. Los observadores dicen que este enfoque ha contribuido a la disuasión al aumentar el costo potencial de la escalada e introducir cautela entre los opositores, particularmente con respecto a posibles ataques a la infraestructura iraní.
Al mismo tiempo, Irán ha mantenido elementos de sus capacidades defensivas y ofensivas a pesar de los sostenidos ataques aéreos. Esto ocurre incluso cuando ha sufrido pérdidas importantes, incluidos asesinatos de altos comandantes, daños a instalaciones de misiles y la destrucción de plataformas de lanzamiento. Estos acontecimientos se han desarrollado en un contexto en el que se considera ampliamente que Estados Unidos e Israel tienen superioridad aérea sobre suelo iraní.
Además, la moral general entre los combatientes iraníes ha sido descrita como estable, y los funcionarios han señalado que aún podrían ponerse en juego capacidades adicionales.
En cuanto a la postura marítima, Irán ha tratado de mantener su influencia en el mar, a pesar de las pérdidas de sus activos navales, basándose en tácticas asimétricas y conocimientos detallados sobre la geografía de la región.
En un desarrollo posterior, Irán ha reivindicado la capacidad de derribar aviones estadounidenses avanzados, incluidas plataformas furtivas, una afirmación que, según los analistas, de verificarse, marcaría un cambio notable en la dinámica del conflicto.
Es fundamental señalar que, a pesar de los reveses y los grandes daños causados, el ritmo operativo de las fuerzas iraníes no ha mostrado signos significativos de desaceleración en su guerra contra estos poderosos adversarios militares.
6. Dominio estratégico sobre el Estrecho
Uno de los errores de cálculo más importantes cometidos por Washington y Tel Aviv fue su subestimación de la capacidad de Teherán para mantener el control sobre el Estrecho de Ormuz. Inicialmente, ambos creían que podían derrotar militarmente rápidamente a Irán, con la expectativa de que Irán no pudiera defender o bloquear la vía fluvial estratégica que facilita una parte sustancial de los envíos de energía del mundo.
Este logro ha ejercido una importante presión económica sobre los mercados energéticos mundiales y, a su vez, ha aumentado los costos de la guerra para Estados Unidos y sus aliados.
Uno de los factores clave detrás de este éxito radica en los años de preparación de Irán para tal escenario. El ejército iraní, con su profundo conocimiento de la geografía de la región, ha hecho el mejor uso de los activos desarrollados internamente, como barcos de ataque rápido, minas marinas y sistemas de misiles tierra-barco, para cambiar la dinámica de poder en la región. En lugar de limitarse a bloquear el estrecho, Irán ha logrado mantener el control sobre él, garantizando que sólo los barcos vinculados a sus enemigos tengan prohibido el paso.
Sin embargo, esa perturbación sostenida ha llevado a Donald Trump a disminuir casi todo su esfuerzo por “reabrirlo” publicando una publicación cargada de improperios en las redes sociales en la que amenazaba con destruir las centrales eléctricas y los puentes de Irán si no cumplía con su fecha límite del martes para reabrir el Estrecho de Ormuz a todos los barcos.
El presidente estadounidense repitió una amenaza anterior de desatar “el infierno”, pero dijo a los medios estadounidenses que había “buenas posibilidades” de que se alcanzara un acuerdo con Teherán.
7. Influencia en la determinación del nuevo Líder
El asesinato del ayatolá Seyyed Ali Jamenei al comienzo de la guerra fue visto ampliamente en Washington y Tel Aviv como un punto de inflexión decisivo, que podría debilitar a Irán desde dentro y potencialmente abrir la puerta a la influencia externa sobre su futuro político.
Donald Trump pronto pareció creer que la eliminación de la máxima autoridad de Irán perturbaría el sistema político, crearía divisiones internas y dejaría espacio para dar forma al proceso de sucesión.
Esta expectativa, sin embargo, resultó ser un error de cálculo importante. En lugar de producir un vacío de poder, Irán activó un mecanismo de transición rápido y estructurado. Según su marco constitucional, se estableció rápidamente un acuerdo de liderazgo interino, seguido de la selección de un nuevo líder supremo por parte de la Asamblea de Expertos. En cuestión de días, Mojtaba Jamenei fue designado como sucesor, lo que indica continuidad más que ruptura.
Los informes y análisis sugieren que los responsables políticos estadounidenses también habían tenido ambiciones más amplias de influir en el resultado de la transición de liderazgo de Irán, estableciendo comparaciones con otros casos geopolíticos como el de Venezuela. Los comentarios públicos atribuidos a Trump indicaron un deseo de desempeñar un papel directo en la configuración del nuevo orden político de Irán, incluida la oposición a ciertos candidatos. Sus críticas al nombramiento de Mojtaba Jamenei y su insistencia en un líder alineado con las preferencias estadounidenses subrayaron estas intenciones.
Los analistas señalan que el rápido nombramiento no fue sólo un paso de procedimiento sino también una señal política, demostrando que el sistema permaneció intacto y capaz de reproducir el liderazgo incluso bajo una presión externa extrema.
Lejos de fragmentarse, la estructura política de Irán mostró resiliencia. La transición reforzó la percepción de continuidad institucional, y se consideró ampliamente que el nuevo líder estaba alineado con las políticas y la orientación de su predecesor.
Las reacciones públicas de Trump, que expresaron insatisfacción y cuestionaron la durabilidad del nuevo liderazgo, reflejaron frustración más que influencia. Sus comentarios reconocieron implícitamente que la anticipada “decapitación” del liderazgo de Irán no se había producido en ningún sentido estratégico.
8. Un ataque a Irán tendrá un impacto controlado en la economía global
Esta afirmación se basa en un supuesto simplista: que los mercados globales pueden absorber un shock geopolítico importante en el Medio Oriente sin perturbaciones significativas. En realidad, la evidencia sugiere lo contrario. Irán se encuentra junto al Estrecho de Ormuz, un paso crítico a través del cual fluye una parte sustancial del comercio mundial de petróleo. Incluso la mera amenaza de inestabilidad en este corredor sin una guerra a gran escala ha desencadenado históricamente una volatilidad inmediata en los precios de la energía.
El aumento de los precios del petróleo no es sólo un indicador independiente; marca el comienzo de una reacción en cadena más amplia. Los mayores costos de la energía se trasladan rápidamente al transporte, la fabricación y, en última instancia, a los precios al consumidor. En una economía global que todavía depende en gran medida de los combustibles fósiles, estos shocks pueden alimentar la inflación y desacelerar el crecimiento económico. Instituciones como el Fondo Monetario Internacional han advertido repetidamente que las tensiones en el Medio Oriente representan uno de los riesgos sistémicos más importantes para la economía global. Además, el petróleo no es el único producto afectado. Los fertilizantes, el helio y otros bienes que pasan por el Estrecho de Ormuz también están expuestos a perturbaciones, y la escasez de estos materiales puede hacer subir los precios de los alimentos, los productos digitales y otras industrias que dependen de ellos.
Además, los mercados financieros son muy sensibles al riesgo geopolítico. En un escenario de conflicto, es probable que se produzca una fuga de capitales de mercados más riesgosos, una mayor demanda de activos de refugio seguro y una fuerte volatilidad del mercado de valores. El aumento de los costos de los seguros marítimos y las interrupciones en las cadenas de suministro podrían desacelerar aún más el comercio mundial.
En resumen, la suposición de que un ataque a Irán tendría un impacto económico pequeño o controlable es inconsistente tanto con la evidencia empírica como con la naturaleza interconectada de la economía global. Un error de cálculo de este tipo corre el riesgo de subestimar gravemente los costos reales de una crisis.
9. ¡Irán es como Venezuela!
Comparar a Irán con Venezuela es una forma de simplificación analítica excesiva que ignora las diferencias fundamentales entre ambos. Lo primero y más importante es la posición geopolítica de Irán en Medio Oriente, una región que sirve como centro de energía global y punto focal de la competencia entre grandes potencias. Venezuela, a pesar de su riqueza petrolera, no ocupa una posición estratégica similar en el sistema global.
Otro factor clave es la resistencia popular. Experiencias históricas como la guerra Irán–Irak demuestran que, bajo amenaza externa, puede surgir en Irán una forma de cohesión social y movilización masiva. Este tipo de resistencia a pesar de las divisiones internas puede aumentar significativamente los costos militares y políticos de la intervención extranjera e impedir la realización de escenarios rápidos y decisivos.
A menudo se cita que la movilización pública a gran escala y la voluntad generalizada de defender el país refuerzan esta dinámica.
Junto a esto está la capacidad militar, particularmente en forma de disuasión asimétrica. En los últimos años, Irán ha desarrollado capacidades en misiles, drones y guerra no convencional que mejoran su capacidad para imponer costos a los adversarios, especialmente en zonas sensibles como el Estrecho de Ormuz. Venezuela no posee este nivel de profundidad o complejidad militar.
Además, Irán mantiene una red de actores alineados en toda la región que podrían ampliar el alcance de cualquier conflicto más allá de sus fronteras. Los análisis realizados por instituciones como la Corporación RAND sugieren que tal escenario probablemente evolucionaría hacia un conflicto prolongado y costoso en lugar de una operación limitada.
En última instancia, esta comparación no sólo es inexacta sino potencialmente engañosa, ya que puede conducir a evaluaciones erróneas de la escala, la complejidad y el costo de cualquier acción militar contra Irán.
10. Estados Unidos puede poner fin a una guerra cuando así lo decida
Esta afirmación tiene sus raíces en una visión tradicional del poder militar: que la superioridad por sí sola es suficiente para controlar tanto el momento como el resultado de la guerra. La experiencia contemporánea desafía esta suposición. En conflictos como los de Afganistán e Irak, Estados Unidos, a pesar de su abrumador dominio militar, no pudo imponer un fin rápido y deseado a las hostilidades. Estos casos demuestran que las guerras están determinadas por variables mucho más complejas que la mera voluntad política.
En el caso de Irán, estas complejidades se amplifican. La capacidad del país para emplear herramientas asimétricas, desde interrumpir las rutas energéticas hasta activar a los actores regionales, puede ampliar tanto el alcance como la duración del conflicto. Al mismo tiempo, la resistencia interna puede aumentar los costos humanos y políticos, complicando los esfuerzos para asegurar resultados rápidos y duraderos.
Además, las guerras no se deciden únicamente en el campo de batalla. Las presiones internas, incluida la opinión pública y la carga económica, desempeñan un papel fundamental a la hora de determinar cuándo y cómo terminan los conflictos. En una economía global interconectada, el aumento de los costos de la energía y la inestabilidad del mercado pueden influir directamente en la toma de decisiones políticas.
Por último, el fin del combate activo no marca necesariamente el fin de una crisis. La inestabilidad, los conflictos indirectos y las repercusiones económicas pueden persistir durante años. La noción de que una potencia militar puede simplemente decidir cuándo termina una guerra y llevarla a una conclusión limpia y controlada es menos una realidad práctica que una simplificación teórica que pasa por alto la complejidad inherente de la guerra moderna.
Fuente:https://www.tehrantimes.com/news/525238/10-Major-Trump-Blunders